El espejo de dos ausencias
No hay mujer que empiece una historia de amor pensando que terminará siendo la coprotagonista de su propio desastre. Pero Laura sí empezó la suya con los ojos bien abiertos, solo que mirando hacia el lado equivocado. Tras tres años de novia de un joven que perseguía sus sueños con la terquedad de quien cree que el esfuerzo siempre vence al azar, Laura decidió dejarlo justo cuando él comenzaba a cosechar las primeras metas. No hubo traición, ni odio, ni siquiera desamor puro. Hubo, más bien, un cansancio silencioso: él siempre miraba el horizonte, y ella quería que alguien la mirara a ella. Entonces apareció el motorizado. Un vago de barrio con una moto prestada y una sonrisa que olía a gasolina y peligro. No era un mal hombre, tampoco un héroe. Era simple: vivía el vértigo de cada curva, y Laura, que nunca había sentido el miedo como placer, se subió a esa moto y descubrió que la adrenalina también puede confundirse con el amor. Porque el ser humano busca la felicidad a través de...